Dulces y juguetes para unos zapatitos rotos
Miriam Ródriguez de Everall


Abuelita, preguntaba Fermín ¿Los Reyes Magos, dejarán entre mis zapatos dulces y juguetes?
La anciana no quiso responder a la pregunta del pequeño y simuló dormir, sentada en su sillón de mimbre viejo. Una lágrima rodó por sus mejías mustias y su ferviente plegaria se fue al cielo con las alas de su fe. El niño respetó el sueño de la ancianita adorada y se puso a recordar el comentario de los chicos de la casa grande.
Los reyes pasan cada año, dejando en los zapatos de los niños buenos, dulces y juguetes. Santa Claus no llevó regalos a la vecindad donde él vivía, sin duda no encontró la champa, estaba tan escondida.
El ingenuo Fermín pensó en colocar sobre la ventana de su humilde choza uno de sus zapatos viejos, los únicos, el que se encontraba en mejores condiciones porque el otro estaba abierto y talvez por ello, los señores reyes pasarían de largo sin dejarle nada. ¿Podrían pasar los magos orientales por la solitaria callejuela pobre y estrecha? Imposible transitar por esa calle angosta y olvidada. ¡Ya sé, es muy fácil se dijo!, llevaré mi poncho y almohada al atrio de la iglesia y colocaré los zapatos a mi lado; así los reyes comprenderán que los espero con gran ilusión y sin duda alguna me despertarán. Entonces les diré que aunque no me dejen juguetes, le regalen a mi abuelita un manto de lana y a mis amiguitos de la vecindad muchos pasteles, porque ellos siempre tienen hambre como yo.
La abuela de Fermín estaba muy enferma y no podía salir a lavar ropa como acostumbraba. Era el niño quien

 llevaba el sustento a la viejecita desde hacía algún tiempo; el pequeñuelo cuidaba carros, e iba a limpiar vidrios a las casas de personas pudientes de las fincas cercanas.
Dormía Fermín en un rincón del atrio de la iglesia, cuando fue despertado por el trote de unos caballos. ¡Son ellos, son ellos; una voz recia y amable le dijo: ¿Pequeño que haces aquí a estas horas? El chico les explicó que los estaba esperando, los dos reyes sonrieron, el otro se confundía entre los hombres que descendían de unas bestias cofres y malestas.
El chico pensó en silencio y con un poco de desencanto, ¿en dónde dejarían sus coronas los señores reyes?... Unicamente lucen capas largas y gorros de la época, sin duda lo hacen para despistar a los ladrones.
¿Dónde queda el edificio de sanidad? Es aquella casa de enfrente señor rey. Al escuchar al inocente, el señor alto, moreno y bondadoso sonrió y lo levantó entre sus brazos. Así fue como el chiquitín se atrevió a solicitar sus peticiones. Fermín: en este mundo todo tiene su compensación, no cabe la menor duda que Dios te ha puesto en mi camino, tu encuentro ha sido para mí un regalo de reyes. Te adoptaré y vivirás aquí con tu abuelita. Los otros dos médicos nos acompañarán y cuidaremos de la salud de los habitantes de este lugar.
Los ojos vivarachos del pequeño brillaron y depositó un tímido beso en la frente de su benefactor.


Hijito, díjole el sabio y altruista galeno al infante: Muy de mañana te compraré en el pueblo, varios trajecitos y también calzado. Además, pasteles, bombones y juguetes para que con amor y fe, los coloques en nombre de Jesús Niño junto a los zapatos rotos de tus amiguitos.
La sutil plegaria de la blanca abuela fue escuchada por el Omnipotente y El, con su misericordia infinita la trocó en una estrellita sideral, como aquella luminosa y divina que guíara los pasos afanosos de los reyes.